La vida es compartirla.
Compartirla con personas. Personas que regalan momentos. Momentos dulces y amargos.
Épocas de la vida que invitan a compartir, a vivir.
Como esa época llamada verano. Donde la alegría se intensifica. Donde todos los días, los rayos de sol nos invitan a compartir, a vivir.
Verano, la estación que nos hizo coincidir.
El verano que nos hicimos amigos.
El verano entre besos y caricias.
El verano donde todo cambió.
Diferentes años. Diferentes sensaciones.
Vibra el móvil, una nueva notificación.
Un nuevo mensaje: “Necesito verte”.
Tu mirada, insegura, se dirige hacia el espejo. Tu pelo revuelto cae sobre tus hombros. Descalza. Con su camiseta que dejó en casa la última vez.
Pero tus ganas vencen a tu apariencia.
Un segundo mensaje: “En tu puerta. No arriesgues a que comience a gritar tu nombre”.
Nerviosa. Indecidida. Abres despacio la puerta. Y al verte con ese melena despeinada y esa camiseta, aparece su sonrisa donde tantas veces perdiste el norte.
“Ven, vamos”, a la vez que tiende su mano. La coges, sin dudarlo. Sin pensar en tu apariencia ni el que dirán. Corres, o intentas ponerte a su altura, y él solo se gira para dedicarte una de sus sonrisas.
Allí arriba. Con el sol dando sus últimos rayos y escondido tras la montaña.
Sin aliento. Sin palabras.
Comienza a hablar...
De pronto una voz: “Alicia, vamos. Llegas tarde”.
Abres los ojos y te das cuenta de que todo aquello, una vez más, es un simple sueño. Los primeros rayos de sol que entran tímidos por la ventana son señal de un nuevo día de verano.
Un día más sin tu compañía.
La vida compartida es más pero sin ti... Sin ti, no es vida.
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